De daños, septiembres y gaviotas.

sábado, septiembre 01, 2018

Los 31 de diciembre despedimos un año, 
para dar la bienvenida a uno nuevo,
pero el año de verdad empieza en septiembre.
Cuando has llenado los pulmones del oxígeno estival,
de aires lejanos y sentimientos cercanos
y andas dando tumbos con la mente vacía, 
con el corazón tan lleno que parece que va a explotar,
y explota y se reconstruye como en esas películas de ciencia ficción donde los héroes nunca mueren.

Septiembre es para renovarse, caernos como las hojas de los árboles
y dejar que nos crezcan unas nuevas.

En septiembre no hay uvas, fuegos artificiales, año para estrenar ni cuentas atrás,
no hay vestidos de gala, ni primeros besos con sabor a champán.
En septiembre hay lluvias de estrellas, 
vestimos piel morena y los besos llevan sabor a sal, a final.

No es casualidad que en septiembre cambien las mareas,
porque septiembre 
hace como las olas
y aleja, y acerca todo, 
el principio y el final se mezclan y bailan, 
como mar y cielo 
y nosotros, acróbatas gaviotas 
intentamos mantener el equilibro 
sobre la línea del horizonte, 
casi inexistente.

Septiembre es para volver, 
pero nunca a las andadas,
ni sobre otras huellas difuminadas.
Es para dejarnos ir con cien promesas de verano,
de las que nunca se cumplieron,
y aprender que hay cosas que no se olvidan en cien otoños.





 Me encantan los atardeceres del Retiro,
sea la estación que sea.

Suelo añadir un texto aquí, pero no puedo decir nada más que estoy feliz de volver aquí.

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